En la semana de la lactancia materna quiero compartirles la reedición de un texto que publiqué hace un par de años en mi Facebook personal, con el objetivo de visibilizar una de las tantas situaciones que generan culpa.

Aunque me parezca redundante aclaro que estoy a favor de la lactancia materna como primera opción cuando es una decisión. Pero déjenme contarles qué pasa cuando se decide amamantar y la historia no resulta como se espera.

Las puericultoras del sanatorio donde parí me generaron rechazo. A pocos minutos de dar a luz vieron a revisarme y a estrujarme los pechos constantemente, buscaban que saliera calostro y después que salieran chorros: me tocaban, me apretaban, me hacían doler, me ponían caras, sentí que no le daban tiempo a mi cuerpo y no tener la entereza para responder me generó estrés.

Una bebé que nació de 37 semanas por restricción de crecimiento y baja de peso tuvo buena prendida pero se quedaba dormida a la teta. El neonatólogo confirmó que si perdía mas del 15% del peso inicial, se iba a tener que quedar en neonatología. Cada gramo contaba.

Entonces desde el día que nació su alimentación fue mixta: con formula y pecho. Le daba mi leche y de fórmula con jeringa para que no perdiera la succión, la ponía en la teta y en la otra tenía colgado el extractor.

Puérpera empecé a sentirme menos mamá. Ya me había costado tenerla porque tuve que recurrir a los tratamientos durante años, ¿ahora también perdía la naturalidad de la lactancia? El fundamentalismo que había consumido me empezaba a consumir.

La teta es AMOR, el resto no.
La teta es SALUD, el resto no
Si das teta te ofrecen un tecito gratis en algunos lugares pero si das mamadera, no.

En la desesperación de no perderla tomé levadura de cerveza, domperidona, malta, entre otras cosas. Llevaba un registro de cuánta leche me extraía mientras piel con piel controlaba que ella no se durmiera y succionara.

Viví enchufada al extractor, goteando, despertándome de golpe y volcando lo poco que había extraído, derramando ese oro blanco.

Buscaba que me dijeran qué más podía hacer porque lo que yo me extraía era cada vez menos a pesar del esfuerzo así que contacté a Fundalam que me llevó hasta @sandra_zampaloni (que reivindicó al trabajo de las puericulturas) y me ayudó amorosamente. Pero un día mi bebé tomó más cantidad de mamadera que de teta… y unas semanas más tarde, con una extracción de 20 ml después de más 35 minutos con el extractor, esterilizar cada media hora y sin dormir, dije basta.

Fue un basta sufrido, fue un basta con culpa que me hizo sentir la peor mamá, una mamá que abandonó la lucha por la lactancia.

Hice todo lo que pude hacer y me exigí hasta donde me dio el cuerpo. Necesitaba empezar a disfrutar la maternidad que tanto me había costado.

A veces no sucede. Hay mamás que hacen todo esto y más aún y no alcanza, porque la situación no da, porque hubo una enfermedad, una cirugía, o hubo que volver al trabajo o hubo otra cosa.

Si no funciona: NO SOS MENOS MAMÁ, NO SOS MALA MAMÁ, Y NO TE PERDÉS DEL MOMENTO MÁGICO DE AMANTAR, MIRARSE Y AMARSE EN ESE ACTO MÁS IMPOLUTO QUE EXISTE, etc., porque cuando tu hijo tiene hambre y vos lo alimentás, sea por el medio que sea, ES AMOR Y ES MAGIA.

El derecho de tu hijo es que lo cuides, lo respetes y lo alimentes, si puede ser por medio de lactancia materna: mejor… pero sino se da, seamos compasivas con nosotras mismas.

Amor y amar es hacer todo lo que se pueda hacer.


Soy Maru Pesuggi, autora del libro ¡Que me parta un Milagro!, me tocó atravesar un largo camino hacia la maternidad y hoy sigo acompañando el viaje de otros…

¿Todavía no lo leiste? El libro: http://libro.quemepartaunmilagro.com.ar

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